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Cinco (sobre el doncel de Sigüenza)

Cuando Teresa Garbí visitó la escultura yacente del Doncel de Sigüenza, un relámpago de conocimiento la trasladó a la creación del mundo y al pasmo de nuestras existencias.

Doncel de Siguenza

Recorriendo el pueblo de Sigüenza, iglesias, casonas, y palacios decrépitos, vio cómo las lluvias y los vientos habían carcomido las nobles piedras de su arquitectura, y su mirada se filtró, como el agua, en las piedras, y recorrió los oscuros canales de la materia, columbrando el estallido original del cosmos y la paradójica reciprocidad del caos generador del orden y este de aquel.

Su meditación sobre la mirada de los ojos de piedra del doncel le hizo descubrir su asombro de la maravilla de la sonrisa  estética del mundo, y el pensamiento del hombre.

Teresa atrae los rayos que caen del cielo sobre las cabezas de los caballeros peregrinos del ser, los filósofos andantes. Nadie diría que una escultura del medioevo pudiera retener tanta belleza acumulada del pasado. El doncel, en el libro que tiene entre las manos, la lee y nos la lee a nosotros.

Teresa es una inquieta viajera, investigadora del pasado y del presente, acuciada por el olvido que camina tras los hombres, es una mente en continuo temblor por el flujo del tiempo  que todo lo transforma y disipa, mientras como en el tren relatado en Sakkara, vacío de pasajeros y repleto de simbolismos, circula desenfrenado, destinado a fundirse en esa nieve que todo lo nivela.

Vicente Puchol

“Leonardo da Vinci: obstinado rigor” de Teresa Garbí

EL Leonardo de Teresa Garbí está escrito en una prosa susurrante, como si el lector soñara lo que lee. Es una prosa revestida de múltiples matices que reflejan la diversidad de la naturaleza.

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En su Leonardo, Teresa trae a este mundo su espíritu, que vivió el momento más espléndido del Renacimiento. Vino a encarnarse en un robusto campesino de La Toscana, que durante la infancia y la adolescencia, caminó por una naturaleza florecida en una diversidad de colores, perfiles, aromas, aguas, aires, ríos, montañas, praderas, que el joven espíritu de Leonardo absorbió deslumbrado en su alma, y penetró en su interior, en su misteriosa urdimbre, desplegada como un inmenso tapiz. Llegado a la época adulta, el paraíso que había deslumbrado sus ojos, le tentó a concertarse con él, y a entregar a la humanidad la belleza creada por su propio espíritu. Son días de gloria, en que vivir era gozar de la belleza y crearla.

Pero en la naturaleza estaba el mundo sombrío de los hombres que no eran como él, ni tenían la capacidad de admirarse y contentarse con la naturaleza, sino de construir imperios, cada vez más amplios, que se impusieran a otros. La Italia del Quattrocento estaba dividida en multitud de pequeños reinos que competían entre sí, doblemente: en belleza —inaudito en la historia— y en el dominio de unos sobre otros. Leonardo vio en el rostro de César Borja las dos caras de la vida, pero por una inexplicable desgracia, abatida sobre él, de artista de todas las artes, devino en un ingeniero militar al servicio de los duques de Milán: los Sforza, construyendo para ellos los ingenios más variados destinados a la guerra, la más cruel de las acciones humanas. La prosa de Teresa Garbí se detiene respetuosamente en el sufrimiento de su caída, semejante a la de un ángel del cielo en un demonio de la invención. Teresa Garbí nos refiere el dolor de vivir de Leonardo, cuya profundidad es inimaginable, porque ella lo silencia, protegiendo maternalmente su dolor. Y ahora, comprendemos la complexión maternal de su prosa. Teresa no solo nos hace soñar lo que escribe sino que nos envuelve en un manto protector, como la bóveda azul que rodea y protege el planeta donde viven los hombres.

Asumida la vida, en sus dos vertientes: la paradisíaca de la belleza y el arte, y la cainita de la guerra y del dominio de los hombres entre sí, Teresa abre su narración a la trágica transformación de la vida: de amor y fraternidad, en odio y egoísmo. Leonardo carga, como un nazareno, con el martirio de la belleza doblegada por la crueldad. Pero en esta incertidumbre del vivir, Leonardo encuentra espacios donde su talento, desplegado en los ingenios militares, escudriña el interior de la naturaleza y penetra en ella de manera hasta entonces desconocida, identificándose con las ondas, las voces, los aires que subyacen en la vida natural de los hombres y descubre esa sfumata, que constituye la mayor originalidad de su arte, y da pie a sus obras más gloriosas: la fusión, no solo de la luz y la oscuridad, sino de todas las fuerzas de la vida.

Teresa Garbí, con su prosa ensoñada, nos muestra el espíritu de Leonardo, con una visión grandiosa. Se puede decir que en la evolución biológica del hombre, se ha llegado a una cima, a partir de la cual, se divisa una esperanza increíble. Pero Leonardo no es una meta sino un horizonte, ante el que la filosofía seguirá especulando sobre la posibilidad de transcenderlo.

Vicente Puchol
Valencia, mayo de 2014

En la muerte del poeta José Luis Parra

Uno de los primeros libros de José Luis Parra, lo tituló “Desde el otro lado de la cumbre.” El poeta tendió la mirada al mundo, desde ese otro lado, y su horror se la hizo volver a girar a este lado de la cumbre, donde los hombres creen vivir en la luz del día, cuando la mitad de su mundo es oscuro, y solo los poetas entienden el lenguaje de la noche. Y en este lado de la cumbre, se miró a sí mismo y se vio a la intemperie, sin nada a donde agarrarse para soportar el sinsentido de la existencia. Y vio circular la vida a su alrededor turbia y veloz. Entonces, viendo que sabía interpretar el lenguaje de la noche, se puso a escribir poesía, una poesía de una tremenda hondura trágica, y también irónica, después de probar todos los vinos de la vida.

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Yo tuve ocasión de beber con él muchos de esos vinos y, como tenía una gran cultura y una memoria prodigiosas, era un placer verlo resucitar autores olvidados y libros leídos en tiempos lejanos, mientras oíamos afuera el ruido del mundo, y nos reíamos de él, ayudados por el vino, desde luego, como todos los lectores de Rabelais y de su héroe Pantagruael.

Carecía de ambición y vanidad porque sabía cómo ennegrecen el mundo, y su vida no tuvo fortuna, ni siquiera lecho propio donde acostarse para morir.

Sus índoles y cualidades se combinaron de tal modo, que Shakespeare podría haber dicho de él: Que se levante la naturaleza y le diga al mundo entero: Este fue un hombre.

 

Vicente Puchol